Melocotones helados

Melocotones Helados ganó el Premio Planeta 1999. Entonces se recalcó mucho que el premio caía en una mujer que además era joven. Enarbolar este argumento como si estuviéramos en la época de Nada fue un tanto penoso pero tal vez comercialmente eficaz.

En cambio, la constelación propagandística puede nublar la consideración del valor literario de la obra y ser, por tanto, perjudicial. Quizá hubiera sido mejor esperar a que la niebla se disipase y separar la obra de su acompañamiento de timbales.

Digamos antes que nada que Melocotones Helados es una novela digna, en general  bien construida, que revela una notable ambición artística. Se entrelazan en ella varias historias en torno a una familia que se extienden casi a la manera decimonónica, a lo largo de varias décadas: la misteriosa desaparición de la niña Elsa a los nueve años; la vida del abuelo Esteban -que en cierto modo abarca la de los demás- desde su juventud, marcada por la relación con Silvia Kodama, hasta su vejez ensimismada; las historias, que en algún momento confluyen, de las dos primas Elsa grande y Elsa pequeña, víctima esta última de una implacable secta llamada Orden del Grial, cuyos miembros «defendían unas creencias místicas y una vida de guerreros» y además atentaban contra los bienes de los que consideraban enemigos -quemaban sus casas o sus negocias, propinaban palizas, mataban-.

Hay también otra línea argumental sostenida, que comienza con los anónimos amenazadores que recibe Elsa grande y desemboca en la feroz venganza contra Elsa pequeña llevada a cabo por los violentos adeptos del Grial.

Todas estas historias, junto a otras más desdibujadas, se encierran en diez capítulos y un epílogo. La segmentación de cada capítulo en numerosas secuencias permite fragmentar la historia en momentos y etapas diferentes, de modo que la narración rompe el orden cronológico y la linealidad del relato con saltos temporales que tratan de producir en el lector la sensación de que su mirada recoge al mismo tiempo y tiene presente, como en una gigantesca panorámica, el medio siglo de vida que comprende la novela. Así, la primera secuencia del capítulo inicial recuerda elusivamente la desaparición de la niña Elsa, mientras que la segunda narra la llegada de Elsa grande -muchísimos años después- a la casa del abuelo en Duino, y la tercera vuelve atrás, a la llegada en Desrein de las primeras cartas amenazadoras que provocarán la marcha de Elsa. La cuarta secuencia comienza con la determinación «dos meses antes», y existen saltos en un sentido y otro más bruscos aún. Esta técnica comporta algunas repeticiones deliberadas que, a la manera de estribillos, cumplen funciones mnemotécnicas y de enlace, como nexos que ayudan a relacionar secuencias distantes a fin de que no se pierda el hilo de la narración.

En general, la trama constructiva es sólida, aunque haya desequilibrios en la selección de las informaciones y del material narrativo. Algunos hechos tienen una sobrecarga de datos cuya necesidad no se advierte, mientras que otros se resuelven de modo más esquemático. Todo lo referente a la Orden del Grial -con el acertadísimo escamoteo de su desenlace, es tan cauteloso y elusivo que el lector puede interpretarlo como intencionada parábola de la actualidad -a lo que ayudan factores como los topónimos imaginarios: Duino, Lorda, Desrein, Virto- o de modo más directo y literal. De hecho, hay pasajes que invitan a una lectura entre líneas. La historia de Desrein, por ejemplo,  convierte el lugar en un microcosmos, en representación de todo un país.

En el lado contrario, numerosas escenas tienen todavía cierto regusto costumbrista, y los personajes -el abuelo, Silvia, Antonia, la tata y otros- resultan previsibles porque su tratamiento no es suficiente para hacerles sobrepasar la barrera de lo convencional. Tan sólo Elsa grande y su amiga Blanca -y, en menor proporción un tipo secundario como César- se destacan entre un conjunto de siluetas borrosas. La construcción del relato, medida y de ritmo dosificado, es muy superior a la creación de personajes, que se resienten de cierta superficialidad. El estilo de Espido Freire, que exhibe de vez en cuando matices poemáticos -confróntense la apertura y el cierre de la novela, sin más- será más eficaz cuando pode cierta frondosidad de elementos no esenciales y transmita más decididamente su percepción de la historia. De momento esta novela permite concederle un amplio crédito.

La prosa de Espido Freire se encuentra muy por encima de la calidad media habitual, aunque la obra contenga algunos lugares que convendría extirpar. Son descuidos o usos poco recomendables que disuenan en un conjunto como éste: «Había escondido sus hábitos por demasiado tiempo», «echó a faltar a su guía», «se había dignado a escribir», «por lo normal ella caminaba en silencio».  Pocas caídas y leves, para una novela extensa y bien escrita.

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