El sueño más dulce

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Esta monumental obra parece surgir de una doble mixtificación. Después de su autobiografía, la novelista decide cambiar de registro y opta abiertamente por la autoficción cuando su mirada retrospectiva alcanza años de los que todavía quedan supervivientes, con el sano propósito de «no perjudicar a personas vulnerables». Pero en cuanto al tiempo del que se trata también se nos advierte de que el protagonismo de los idealistas años sesenta, compartido aquí con los malvados setenta y los codiciosos ochenta, no impide que aparezcan incorporados acontecimientos posteriores. Ello le da al Sueño Más Dulce tanto una dimensión nostálgica como una vigencia de actualidad que hace de este texto uno de los más ambiciosos y logrados de Doris Lessing.

El Sueño Más Dulce resulta tan caudalosa de personajes como una novela río, una auténtica novela red en la que conviven figuras admirables de múltiples procedencias y edades. Es, sin duda, una obra política, escrita desde la doble experiencia de quien perteneció al Partido Comunista inglés y fue activista anti-aparheid en Rhodesia y Sudáfrica. La escritora no escatima sus críticas contra el estalinismo, la gauche divine, las organizaciones internacionales y sus parásitos que se enriquecen a costa del Tercer Mundo; la ideología como coartada y la corrección política, de la que se dice que «no es más que una pequeña muestra del imperialismo yanki».

Precisamente por esto  último, leyendo El Sueño Más Dulce viene a la memoria el famoso libro de Robert Hughes: La Cultura de la Queja, de 1993. Pero también esta referencia parece oportuna en lo que esta obra tiene de novela costumbrista, en especial de descripción perfectamente vigente hoy en día del conflicto entre generaciones, que ya había sido tema de The Summer before the Dark y The Diaries of Jane Somers y esta percepción cala magistralmente en el lector al revelarse las contradicciones mediante la convivencia en una vieja mansión londinense de una heterogénea familia nacida en torno a Johnny Lenox y su primera mujer, Frances.

El es un protagonista caracterizado por su absentismo, la diana contra la que apuntan los dardos más acres de la autora. Este «comunista de carrera», «loco egoista» que «jamás había trabajado de verdad», deja a Frances al frente de una comuna que él mismo puebla de «la progenie del camarada Johnny», compuesta de sus otra mujeres, de los hijos de éstas, de correligionarios y transeuntes, ante la mirada atónita de su madre, la propietaria de la casa, Julia von Arne, una alemana nacida en 1900 que se enamora del diplomático Lenox en 1914 y se casa con él cuando es ya un mutilado de guerra.

La muerte de la anciana Julia, a la que su hijo menospreciará como enemiga de clase, se narra en detalle y cobra un fuerte protagonismo, compartido con la indiscutible figura central de la novela -que no es otra que Frances- una hijastra de Johnny, Sylvia, acogida por la propia Frances, que también recibirá en su comuna a la madre de ésta, y con ella entra en la novela un nuevo escenario, el Africa de la descolonización, el caos y los sátrapas corruptos como el presidente de la imaginada república de Zimlia, Mathew Mungozi, alguno de cuyos ministros fue huésped en la casa de Julia y Frances, como también lo serán dos huérfanos del sida que Sylvia se lleva a Londres desde su hospital africano.

Doris Lessing que no se recata en criticar el feminismo como ideología sustitutoria erige, frente al fantoche de Johnny, un triple monumento a la Humanidad en estas tres figuras inolvidables pertenecientes a tres generaciones sucesivas, Julia, Frances, Sylvia en las que encarna un nuevo mito, muy de los años sesenta, el de la madre sustituta, o más bien «madre tierra» como se decía, que «componían una red de educadoras, de educadoras neuróticas» pero imprescindibles.

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