Cartas de Amor desde la Prisión: María Von Wedemeyer

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Tal día como hoy, el 11 de abril de 1944, María von Wedesumeyer, le escribía a la prisión a Bonhoeffer y entre otras cosas, de la extensa carta le diría literalmente lo siguiente:

Mi queridísimo Dietrich:

Estoy la mar de contenta, porque hoy me han llegado dos cartas tuyas. Te puedo decir que durante estos días de Pascua he tenido verdaderas ansias de escuchar -o de leer- una palabra tuya. ¿Te imaginas lo pesado que se hace este tipo de retiro en solitario y, además, sin poder cruzar un par de palabras contigo?. Creo que no voy a repetir esto jamás, si no es contigo. Se me ocurren miles de preguntas que sólo te las puedo hacer a ti, y me vienen montones de ideas que sólo podría compartir contigo. Y si eso no es posible, no queda más remedio que tragárselas día tras día.

Tengo que contarte infinidad de cosas. Pero lo primero es contestar a tu carta, que ya no puede esperar más.

¡Ay Dietrich, qué carta más preciosa !. Tengo aquí una amiga que casi todos los días recibe carta de su novio. Y ¡si vieras qué lástima me da!. Lee esas cartas con toda frialdad, como si fuera lo más obvio del mundo, y no hace más que quejarse cuando le parece que no son lo suficientemente cariñosas.

Seguro que no experimenta ni la décima parte de la alegría que yo siento cuando me llega una carta tuya. A mi me gustaría dar un abrazo a la empleada que trae las cartas y llenar de golosinas a cualquier niño que encontrara por la calle. Yo me pongo a cantar y a bailar por todo el patio, subo la escalera como una exhalación, doy vueltas al rededor de los baldes de agua y de los cubos de basura y, con unas palpitaciones que se me sale el corazón por la boca, llego a mi cuarto y me derrumbo sobre la cama. («¡María, María, a ver si no estropeas la colcha!»).

Te prevengo que, si un día me da urn infarto, tu tendrás la culpa por escribirme unas cartas tan «cariñosas».

Tu carta del 26 es de esas que no se pueden contestar por escrito. Pero eso no importa, ¿verdad?. Tu sabes bien, mi querido Dietrich, lo que yo quiero decirte y cuánto te agradezco todo lo que tú me das sin que yo lo sepa y, por supuesto, sin ningún mérito por mi parte.

Quiero que sepas que ya llevo no una ni dos ni tres hojas tratando de escribirte esta carta, sino que ya voy por la sexta. Varias veces he intentado contarte cómo hemos celebrado aquí la semana de Pascua, con el oficio de Jueves Santo, la celebración de la muerte de Jesús el Viernes, el sermón sobre su descenso al infierno y, finalmente, la liturgia de la Vigilia Pascual. Pero, sencillamente, no he podido hacerlo. Lo único que puedo decirte es que, cuando lo releo, me da verdadero horror; por eso, he decidido que lo mejor será no contarte nada. Todo me resulta lo más extraño y no logro entender su significado profundo. Pero sí he percibido en la celebración como la presencia de una fuerza interna que me infundía auténtico miedo a lo desconocido, a lo trascendente, a lo ininteligible………..

Yo creo que el amor no es una cosa que se lleva en las manos y que se puede dar al que uno quisiera, sino que simplemente uno es prisionero de ese amor. Viene desde fuera, y se posa en uno en uno y después en otro; y así hay que admitirlo, sin más.Y si no hay amor, uno queda irremediablemente lejos, por muy enamorado que se esté y por mucho que se desee encontrarse con el otro. ¿No te parece a ti?…….

Me encuentro demasiado cansada para seguir escribiendo, pero no para pensar en ti en tu celda. Duerme bien, mi querido Dietrich, y piensa en mi; que mi foto te lleve algo de mi amor. (¿Es posible que una persona tenga tanta envidia de su propia foto?).Apriétame rápidamente en tus brazos, para que yo te pueda susurrar lo mucho que te quiero. Tuya,

María.

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