Cartas de Amor desde la prisión: Dietrich Bonhoeffer

Retrato de Bonhjoeffer

Mostramos aquí una parte, de la literalidad de la carta escrita por Dietrich Bohoeffer a María von Wedemeyer, un día como hoy, 16 de abril, pero de 1944:

«Queridísima María:

Ya está en camino una primera carta de felicitación por tu cumpleaños, pero no quiero dejar de escribirte otra, aunque lo que más me gustaría es poder escribirte todos los días una nueva felicitación.

¡Vas a cumplir 20 años! Yo no puedo menos de avergonzarme de pensar lo inconsciente que todavía era yo a esa edad, comparado con una vida como la tuya que, al revés de la mía, está ya llena de decisivas experiencias y de tareas importantes. A mis veintitantos años, la vida consistía para mi en pensar y escribir libros. Cuando escribí el primero («La Comunicación de los santos….», que reproducía su Tesis doctoral), me sentí verdaderamente orgulloso de la hazaña. Ahora bien, ¿hubo alguna persona que recibiera algo de mi? ¿A quién ayudé yo? ¿Hice feliz a alguien?¿Qué sabía yo, relmente, de aquellas cosas sobre las que escribía?.

Y ¿tú, querida María?. Afortunadamente , no escribes ningún libro, sino que actúas, conoces, haces experiencias y llenas de verdadera vida lo que para mi fue solo un sueño. En ti el conocimiento, la voluntad, la acción, los sentimientos y hasta el dolor no son realidades dispersas, sino que forman un gran todo unitario, en el que cada elemento refuerza y completa a los demás. Tú misma no eres consciente de ello; y eso es lo mejor. Pero quizá no debería decirlo. Así que olvídalo y quédate siempre como eres, consérvate así para mi; porque eso es, realmente, lo que necesito , lo que he encontrado en ti , lo que en ti más aprecio y quiero, lo que me produce una añoranza y un deseo que se me antoja inalcanzable: una totalidad indivisa. ¡Eres tan joven! Pues así lo serás siempre para mi. ¡Qué diferente podría ser tu vida ahora! Muchas veces me angustia la idea -perdóname- de lo difícil que te estoy haciendo la vida. De hecho, tú merecías algo mejor, infinitamente mejor. Pero entonces pienso en tus cartas y en tu presencia aquí conmigo, y no puedo menos de constatar con admiración y asombro que tú eres toda amor, toda alegría, paciencia y fortaleza. Ciertamente, no lo puedo entender, pero lo creo y me agarro a ello, porque es la fuente de mi alegría y de mi felicidad, mi querida María. Tu no quieres que yo no me reproche nada por tu causa, sino que te quiera incondicionalmente. Pues eso mismo deseo yo también, y nada más que eso. Y lo haré con el mayor cariño, de modo que ni siquiera notes el dolor que inevitablemente habré de causarte.

¿No sería espléndido estar solos y que yo pudiera decirte todas estas cosas precisamente el día de tu cumpleaños? Pero, ya ves, de momento tengo que contentarme con escribírtelo; y lo peor es que todavía no sé por cuánto tiempo-…………………

Y ahora vas a tener que celebrar otra vez tu cumpleaños con una pena en el corazón. Pero a pesar de todo, tienes que celebrarlo, prometémelo. Da rienda suelta a tu felicidad en estos días de primavera y, por favor, déjame compartirla contigo. ¡Me haría una ilusión enorme!.

Habrás visto en la estantería de mi cuarto un quinqué español. Es uno de mis objetos preferidos, y me ha acompañado siempre que he tenido que mudarme de habitación en los últimos quince años. ¿Te gustaría tenerlo? Me encantaria saber que lo tienes tú y que me lo encontraré cuando vuelva. Además, ¡da una luz cálida!. Mira, María, tómalo como mi regalo por tu cumpleaños. Naturalmente, no es lo que más me gustaría regalarte. Pero es un trozo de mi vida, y en ningún sitio podría estar mejor que contigo..

Y ahora, adios, mi querida, mi adorada María. ¡Que Dios te conceda a ti y a todos nosotros un día lleno de felicidad, un feliz reencuentro y, sobre todo, un corazón alegre!

Dejáme que te abrace y bese y te quiera. Tuyo,

Dietrich.

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