13 agosto 2022

Socioanálisis

Pensando y recorriendo la vida cotidiana

En los últimos años el punto de mira se ha puesto en la prostitución, la callejera, la de los clubes de alterne, la de los pisos de lujo, salas de sauna y masaje o aquella otra del alquiler de habitaciones por hora, por hacer tan solo referencia a alguna, de las muchas formas, de buscarse un espacio al sol de la vida. Un espacio más de los muchos en los que se va construyendo el vivir cotidiano. 

Pocas son las personas, afortunadas o infelices, dependiendo de la óptica desde la que miremos, que pueden conformar su vida y construir su historia personal al margen del mundo del trabajo. El trabajo, libre o esclavo, remunerado o sin remunerar, formal o informal, reglado o desregulado, es el vértice sobre el que se levanta el devenir del ser humano. De las rentas, independientemente de la forma en la que se hayan adquirido, tan solo vive un reducido grupo de la humanidad. 

En general, cualquier tipo de trabajo, tiene su contraprestación, sea esta de carácter monetario, en especie, o en el peor de los casos, a cambio de la propia sobrevivencia. El trabajo, en si mismo, libera o esclaviza, y, como medio o instrumento, posibilita o frena la construcción personal. Está alejado de toda neutralidad. Asimismo, en la perspectiva de las creencias, el trabajo, se perfila en una dimensión creadora o por el contrario, se dibuja en los más variados escenarios de redención, o si no queremos antagonizar tanto, creación y redención se funden en una misma cosmovisión.

Sea como fuere, cuando se discute, analiza o se describe el mundo de la prostitución, además de las connotaciones morales que se le atribuye a cada una de nuestras acciones de la vida cotidiana, se la sitúa en el ámbito del trabajo y hasta el de las relaciones laborales. Se habla de las trabajadoras o trabajadores del sexo, de las modernas formas de esclavitud, del ejercicio libre de una “profesión”, sujeta o no al derecho mercantil o del trabajo, en fin, de un tipo de relaciones humanas y sociales, difíciles de clasificar y regular. Pero no son las únicas acciones que se encuentran en esta situación. También lo es el trabajo domestico, y, no está sujeto a la estigmatización social que se le atribuye a la prostitución.

Con frecuencia se afirma, y en la mayoría de los casos probablemente así sea, que la prostitución no es un ejercicio libre. Que las personas que realizan este tipo de actividad no lo hacen porque les gusta, sino porque circunstancias personales o sociales les abocaron a esta forma de obtener unos recursos monetarios. También, alegremente se llega a decir que esta es una manera fácil de buscarse la vida o de forma más sofisticada, de poder acceder de manera rápida, a un estatus de vida acomodado que, en la vida “normalizada”, costaría mucho esfuerzo, tiempo, sacrificio, o, excepcionalmente, un golpe de suerte. 

Ciertamente del mundo de la prostitución, como del propio mundo del trabajo, se pueden hacer muchas lecturas, y, todas ellas aceptables, en la medida en que son realidades de la vida cotidiana, al margen de la consideración ética o moral que se les desee atribuir. Están ahí, y por tanto, no les podemos dar la espalda o mirar hacia otro lado, pues forman parte del escenario vital en el que nos movemos.

PERFILANDO IDENTIDADES

Hasta ahora nos hemos movido en espacios generales. Pongamos nombre propio, personalicemos o confiramos identidades a estas realidades de la vida cotidiana. A aquellas contempladas como “normalizadas” y a aquellas otras a las que se atribuye un carácter “marginal”, aunque no dejan de ser habituales. Y contrastemos unas y otras.

Veamos la historia de Ana, ucraniana, pequeña, rubia, hermosa y con 34 años. Se crió y educó en el contexto sociocultural de la URSS asimilando todos los viejos principios de una colectividad inventada, a la que se adhirió por su entorno vital. Se enraizó en los ejes de la solidaridad, del universalismo, en el ideal de una sociedad socialista. Cuando se desintegra la vieja URSS apenas es una adolescente y sueña con los nuevos aires de libertad que recorren todas las repúblicas socialistas de norte a sur e incluso ve el amanecer de su nueva nación, Ucrania. Estudia Economía, cuando prefería realizar medicina, pues la Ciencia del Mercado es la niña bonita de las emergentes naciones rusas y eslavas. Durante sus estudios universitarios, son los aires europeos y consumistas los que recorren todos los campos universitarios y hacia los que encaminan sus jóvenes miradas habidas de sensaciones y deseos. Terminada la Universidad no tarda en encontrar trabajo en una entidad bancaria donde pasa sus primeros años de profesional en la ventanilla, de cara al público, donde confluyen frustraciones y esperanzas, que no tardan en quemarla. No pudo soportar el ir y venir de sus compatriotas tras ese anhelado cambio de la vieja moneda por la nueva. Con la nueva, tan solo podían adquirir una cuarta parte de bienes y servicios de lo que antes conseguían con el imperial rublo. De igual modo, no aguantaba a esos nuevos ricos y viejos burócratas que alardeaban de sus boyantes negocios y de los lujosos vehículos alemanes que les esperaban a la puerta. Desde esa ventana que se desplegaba a la nueva sociedad, tampoco comprendía ese incipiente mundo mercantil que tan solo comercializaba con ilusiones y miserias. Mientras tanto la realidad cotidiana se deterioraba cada día más y con sus exiguos ingresos se deshilvanaban sus sueños de una vida mejor.

Con la entrada del nuevo siglo, siguiendo la ruta marcada por muchas de sus compatriotas que, en poco tiempo se habían enriquecido, apuesta por la aventura de la Europa comunitaria y recala en la floreciente España. Olvidando su profesión de economista viene dispuesta a hacer de camarera en uno de los muchos restaurantes que siembran las calles y plazas de las ciudades de la nueva España. Y cual es su sorpresa cuando de repente se encuentra ante un rosado Hotel en el que le ofrecen una habitación y donde la dicen que es en los bajos de ese decadente local donde está situada la gran sala de fiestas-discoteca donde ejercerá de camarera. Le presentan a Tatiana, una “compatriota” rusa que es quien la instruirá en el nuevo oficio. No da crédito a lo que está viendo, ni tampoco entiende la situación ante la que se encuentra que, en nada concuerda con las promesas que le habían hecho al salir de Ucrania. 

Ejemplos como este podríamos encontrar como este con mujeres brasileñas, colombianas, peruanas, dominicanas, venezolanas y otras muchas latinoamericanas o de los antiguos países del Este europeo que llegaron a España buscando una vida mejor y más digna de la que tenían en sus países. Lo mismo cabría decir de muchas mujeres africanas que igualmente se adentraron en la Península Ibérica, camino hacia otros países europeos y explotadas por las mafias. Ahondaremos en estas situaciones igualmente adentrándonos en sus mundos.

Particularizando nos hacemos eco aquí del reportaje que llevaron a cabo desde la Televisión Pública Española y que nos ilustra estas realidades. Repor – El debate más antiguo del mundo.

Autor