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Jonathan Franzen es famoso por ser el autor de dos grances novelas: «Las Correcciones» y «Libertad» que ofrecieron a sus lectores unos lentes con visión panorámica para observar la vida de la clase media estadounidense durante el cambio de siglo. También ayudaron a consolidar su reputación como uno de los escritores más talentosos de su generación. Su obra más reciente, Pureza, también es grande en cuanto al grosor y la extensión, pero es menos panorámica en sus ambiciones. Aunque su fascinante argumento, que avanza con un pie en el acelerador, pasa por la caída del Muro de Berlín, los archivos robados de la Stasi y un misil termonuclear extraviado en Texas, la novela se enfoca más en las historias de sus personajes principales: Pip, una joven californiana que está buscando a su padre, y una figura parecida a Julián Assange, un hombre ansioso por hacer que Pip trabaje para él en Sudamérica.

Los intentos de estas personas por descubrir sus identidades y llegar a un acuerdo con el enredado caos de sus vidas constituyen la médula de la novela más ágil, menos cohibida y más íntima de Franzen hasta ahora. También había familias disfuncionales en Las Correcciones y en Libertad, pero esas obras se abren hacia el exterior para intentar capturar el tenor de la época: los avariciosos noventa y los furiosos años polarizados de George W. Bush.

Las historias de Pureza a la larga se cierran con agresividad pero se abren hacia el interior. Escarban en sus psiques y enfatizan lo que parecer ser la determinación de Franzen: sienten una furia descomunal y son presa de una envidia profunda, además de emanar narcisismo y autocompasión. Las primeras páginas de la novela, dónde se presenta a Purity (o Pip como se hace llamar), sugieren depresivamente que nos quedaremos con la heroína «sarcástica y bobita» que saca a relucir la condescendencia y las peores proclividades de su creador.

No queda claro si el autor tiene la intención de que Pip sea tan odiosa al principio, quizas a manera de subvertir los temas del clásico Bildungsroman o como un acto de autosátira. Tal vez sólo está buscando el equilibrio al depender de las viejas configuraciones del sarcasmo, antes de encontrar una manera nueva y convincente.

Por suerte para el lector, el libro retoma rápidamente velocidad y matices; Pip y los otros personajes principales en breve aparecen como personas complicadas que capturan nuestra atención. Pip, quien se siente sofocada por su madre necesitada y reclusa y que se tambalea a causa de un humillante encuentro sexual, parte, como Telémaco, en busca de su padre, misterioso y ausente.

Andreas Wolf, provocador del este de Alemania y seductor de jovencitas que está escapando de las autoridades (por razones decididamente innobles) se transforma en la cabeza de una organización similar a WikiLeaks, con lo que gana notoriedad y fama internacional. Tom Aberante, quien conoció a Andreas años atrás en Alemania y sabe sus peores secretos, usa el dinero del padre adinerado de su esposa, de quien se ha alejado, para comenzar un servicio de investigación periodística.

Mientras tanto Leila Helou, una reportera ganadora del premio Pulitzer que persigue de manera implacable una gran exclusiva, se encuentra indecisa entre dos hombres: su verdadero amor, Tom, y su esposo discapacitado, Charles, que está resuelto a escribir un gran libro. Leila protegerá a Pip al hacerla su pupila y también una suerte de hija sustituta.

Franzen entrelaza astutamente estas tramas, usando grandes cucharadas de coincidencia dickensiana y múltiples giros inesperados para acumular suspenso y entretener. Después del inicio, algo forzado, la novela arranca cuando Franzen escribe con ímpetu y seguridad. A pesar del nombre de Pip y el misterio que rodea su paternidad, Pureza utiliza a Dickens y a «Grandes Esperanzas» como un punto de referencia sólo en la medida en que invoca un abanico de clásicos.

El recuento emocionalmente tangible del miserable matrimonio de Tom y su divorcio de una mujer tempestuosa llamada Anabel recuerda al «Herzog»de Bellow, mientras que las cáusticas descripciones de la danza existencial de Andreas con el sexo y la muerte, podrían llegar a parecer como si Dostoievski se vertiera a través de un filtro estadounidense.

Este tipo de pasajes jamás se sienten poco originales o artificialmente posmodernos porque todas las influencias o modelos que Franzen ha digerido se asimilan rápidamente mediante su voz. En Pureza demuestra la facilidad con que evoca mundos enteros mediante un par de golpes en el teclado: ya sea en la jungla boliviana dónde Andreas se esconde, poblada con «aves del Dr. Seuss, pavas gigantes que trepan árboles frutales» o San Francisco, donde la niebla se derrama desde las colinas como «algo que veías venir», «una temporada en continuo movimiento».

En vez de insistir en el tema de la pureza (como en los peligros de la certidumbre política, el absolutismo moral o la castidad emocional), Franzen permite que éste crezca orgánicamente a partir de una infinidad de tramas. Y en vez de ser condescendiente con sus personajes, como a veces lo ha hecho en el pasado, demuestra una aguda habilidad para retratarlos desde el interior, cuando luchan contra un cúmulo de emociones: más parecen agentes libres quienes, por lo menos, tienen un poco de voz y voto en la elección de sus destinos, que víctimas freudianas cuyos rumbos ya se han determinado mediante los disfuncionales pasados de sus familias.

Al hacer ésto, Franzen añade una nueva octava a su voz. De hecho, es probable que los lectores a quienes sus primeras obras les parecieron misantrópicas, llenas de bilis y rencor, aprecien en esta novela la habilidad con la que no sólo satiriza los impulsos humanos más oscuros y nimios, sino también captura los anhelos de sus personajes por relacionarse y empezar de nuevo… y por reconocer la posibilidad de esas esperanzas.

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