Seguimos socianalizando este mundo convulso en el que nos encontramos, con la intencion de ver el alcance de esta muerte De Dios, del surgimiento de superhombres, con vistas a una nueva sociedad, a un nuevo mundo de valores.. Carl Schmitt, subrayaba que la «muerte De Dios», no eliminaba lo teológico en la vida cotidiana, sino que lo trasladaba al Estado. El «soberano», el super hombre actual, venia a ser -secularmente- el equivalente al Dios omnipotente. Es más. la «autoridad política», hereda la estructura de lo sagrado. En este sentido, no extraña que afirme que la modernidad matase al Dios cristiano, llenando ese vacío con los nuevos absolutos políticos. Nos enfrenta con el nuevo Leviatán Hobbesiano, los viejos autoritarismo del siglo XX y con el nuevo autoritarismo actual construido bajo el manto de una nueva religión secular.

Desde esta perspectiva analítica, no sorprende que, el teólogo Johann Baptist Metz, viese la «muerte De Dios» en el contexto del Holocausto y de la crisis de la razón occidental. Toda esta mirada, sigue siendo muy valiosa hoy, si la situamos frente al nuevo «Holocausto Palestino». Contemplado de este manera, él redimensiona todo en la óptica, la teología política de la memoria, para recuperar, para poner en lo más alto, «el grito de las víctimas», frente al silencio De Dios, de todos los dioses, de todas las religiones. Con ellos se cuestiona, nos cuestionamos, el uso político de la religión, de las religiones que legitiman a estos superhombres y a este tipo de poder. Curiosamente, con tales posicionamientos y silencios, nos sitúan ante el peligro y la realidad ya existente de concebir y defender una fe despolitizada que ignora el sufrimiento y la deshumanización de las víctimas. Frente a todo ello, en la perspectiva de la esperanza y de la recuperación de la fe, apuesta por la Resurrección como promesa de justicia.
Examinando lo que esta sucediendo con Palestina y con el surgimiento de una ultraderecha «facistoide», no cabe duda que se esta produciendo y hasta consolidando una mutación de lo sagrado en poderes políticos absolutos, matando a las democracias. Ante esta tesitura, nos gustaría reinterpretar la «muerte De Dios», como lo hace Ernst Bloch, en su «Principio Esperanza» que se niega a verla como el fin de lo sagrado, situándola en el horizonte utópico de la «liberación de lo divino». El Dios Muerto abriría el paso hacia un mesianismo sin mesías, combatiendo a los Mesías de la nueva sociedad.
Para terminar, desde la mirada de la liberación, de la «teología de la liberación», cabe recordar que la muerte De Dios, como decía Gustavo Gutierrez, era la del Dios de los Señores, de los poderosos , el Dios del colonialismo, el Dios del Capital, «opio del pueblo», que frena la lucha revolucionaria. Pero en el estado actual del mundo, el de la nueva geopolítica, ese tipo de Dios sigue muy vivo y se sigue legitimando o al menos ignorando desde las grandes religiones. Ojalá que esa muerte De Dios fuera, como acertadamente afirmaba el obispo Casaldaliga, el ídolo de los ricos, y no «el Dios que vive en el grito de los pobres». Esos gritos, ese holocausto permanente en Palestina, en Ucrania, en los pueblos sin estado, pese a los altavoces de las televisiones y de las redes sociales, sigue estando ahí. Aparecerá el Dios, los dioses y orixas liberadores, o los seguiremos ocultando bajo el manto de las viejas Iglesias arropadas por los nuevos superhombres?.
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