“Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie.”, decía Theodor W. Adorno Después de Auschwitz. Lo mismo podría afirmar hoy, siguiendo la secuencia que abrimos sobre la muerte De Dios, pensando en el genocidio palestino o la invasión de Ucrania, por poner estos ejemplos de lo inmediato. Nos encontramos ante toda una una provocación ética que nos interpela a todos los hombres y todos los pueblos. : ¿cómo puede el arte, la filosofía o la religión continuar como si nada tras el exterminio de miles de personas y pueblos?

Adorno sostenía que la misma racionalidad ilustrada que dio origen a la cultura occidental también permitió la lógica instrumental del exterminio. Auschwitz no fue un accidente, sino el producto de una razón deshumanizada. Esa misma reflexión crítica podemos trasladar proyectando en el exterminio y genocidio palestino actual.
En su Teoría estética, Adorno reconocía que el arte no puede representar el Holocausto sin traicionarlo. Pero también afirmaba que el arte que guarda silencio ante el sufrimiento se vuelve cómplice.
Por su parte Derrida, fijándose en el sufrimiento del otro, señala, sin afirmar ni negar a Dios, cómo la figura de Dios está implicada en estructuras de poder, sacrificio y exclusión. El silencio de Dios no es ausencia, sino una forma de interpelación: ¿qué haces tú ante el sufrimiento del otro?. Jacques Derrida, ahonda en la idea de “El don de la muerte” y la deconstrucción del sacrificio. El no habla directamente del “silencio de Dios” en Auschwitz, pero lo aborda a través del concepto de responsabilidad imposible y el sacrificio como estructura fundante de la religión y la política.
Derrida sostiene que toda decisión verdaderamente ética implica un salto al vacío, sin certeza. En contextos como el Holocausto o el genocidio en Palestina, esto se vuelve trágicamente evidente: ¿cómo actuar cuando toda norma ha colapsado?

Volviendo al pensamiento y la experiencia vivida de Elie Wiesel: testigo del horror del holocausto judio, pero trasladado a la realidad actual, decía “¿Qué hay de mi fe en Ti, Señor del universo? Ahora me doy cuenta de que nunca la perdí, ni siquiera allá durante las horas más oscuras de mi vida.”
Wiesel, sobreviviente de Auschwitz, no abandona su fe, pero la transforma. Su trilogía La noche, El alba y El día es un testimonio desgarrador donde Dios aparece como ausente, pero no negado.
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