1 marzo 2024

Socioanálisis

Pensando y recorriendo la vida cotidiana

El fin de semana pasado, en la Revista «El Pais Semanal», aparece un reportaje del periodista Nacho Carretero, donde se hace una «radiografía» de Haiti, de su población donde, con crudeza, se pone de manifiesto la realidad de un país destrozado por la pobreza, por el abandono, la corrupción y por la violencia. «Es un país sin nadie al volante. Después de décadas de dictaduras y desastres naturales, su capital está gobernada por bandas criminales. Cada día se producen 18 actos de extrema violencia. Esta es la crónica de una semana en un infierno del que todos quieren huir», subraya el periodista en su relato.

Nos ha parecido tan interesante que, aunque incluimos el hiperenlace a la Revista, reproducimos una buena parte reportaje.

Algunas mañanas, cuando abandona su casa rumbo al trabajo, Lude debe evitar la calle y atravesar las propiedades de sus vecinos trepando los muros que las separan hasta lograr salir de Clercine, su barrio. Una vez que lo consigue, después de varios saltos, puede por fin caminar y tomar el tap-tap, una suerte de minibús que la llevará a su oficina. Lude, nombre ficticio de esta joven de 30 años, permite que sus vecinos hagan lo mismo en su casa. Es como un acuerdo solidario. Algunas mañanas en Clercine, hombres y mujeres con camisas, corbatas y faldas saltan muros para salir de su propio barrio. El motivo es azaroso y cruel, también representativo de la realidad de Puerto Príncipe, la capital de Haití: el barrio de Clercine se halla en el frente de batalla, en la frontera entre dos bandas que aspiran a controlar el área. Chyen Mechan (que se podría traducir del creole —idioma oficial del país— como perros locos) y 400 Mawozo son las dos gangas (pandillas callejeras) que se disputan el territorio. A veces se lían a tiros, con fusiles y pistolas. A veces patrullan en busca de dinero. Es en estas ocasiones cuando Lude y sus vecinos trepan muros y evitan problemas.

Lude vivía en otro barrio cercano, en La Croix-des-Bouquets. Una mañana de 2019 caminaba con su tío cuando dos miembros de una banda se acercaron a ellos. Les robaron todo y, una vez que habían logrado su objetivo, levantaron la pistola y dispararon en la cara al tío de Lude. “Por placer”, dice. La madre escuchó los disparos desde casa. Tras aquel asesinato, Lude y su familia se mudaron a Clercine. Meses después, empezó el enfrentamiento entre los dos grupos. En concreto, la noche del 23 de abril de 2022, cuando cientos de vecinos fueron asesinados indiscriminadamente. “Una masacre”, resume Lude.

“Si me dicen hace unos años que tendría que hacer algo como esto, no me lo hubiera creído”, cuenta Lude sentada en el banco de una iglesia. Ella ha elegido el lugar, alejado de la vigilancia de las bandas. Para llegar hasta aquí hemos tenido que ir a buscarla a Clercine. Mientras lo hacemos, nos llama: “No vengáis. Esperadme dos calles más abajo. Los bandidos han montado un puesto de control”. Así que frenamos, Lude aparece y nos cuenta que la vida en Puerto Príncipe es imposible. “No es vida”, susurra. “Las bandas han tomado el control, no tenemos policía ni gobernantes. Hay violencia, secuestros, disparos… Yo no hago otra cosa que no sea estar en casa o trabajar. En este país no hay futuro”.

—Echo de menos poder ir por la calle, poder salir, caminar tranquila. Echo de menos no tener miedo —dice Lude antes de despedirse.

—Si pudieras, ¿te irías del país?

—Mañana. Perdón, hoy. Me iría hoy mismo.

Vale la pena el seguir leyendo el reportaje en la fuente original, aunque más adelante, por si desapareciera, incorporemos alguna otra parte de este extraordinario trabajo periodístico.

Para terminar, remitimos al poema que en su día realizamos sobre la situación y el pueblo haitiano invocando a todos los dioses y orixas.

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