Imagen de puerta del cielo en china

Aunque lo parezca, no se trata ni de un plan de minivacaciones, ni nada que se lo parezca. Recuerdo que en mis épocas de guía turístico por la maravillosa isla de Madeira era uno de los indicativos que nos remitían desde los servicios centrales de la agencia de viajes…Era habitual encontrarse con un fax a primera hora de la mañana, donde telegráficamente se decía: “cuatros pax, tres días y dos noches; 6 pax, cinco días cuatro noches, o, la tradicional parejita en luna de miel y en el que se indicaba, 2 pax, ocho días y siete noches”. En algunos casos excepcionales, para clientes distinguidos, se añadía, “incluir un ramo de flores, o un pequeño cuenco de frutas en la habitación”. Y, de esa manera, transcurrían los días y las noches, las idas y venidas de viajeros y turistas, en esa isla paradisiaca de Madeira.

Pero no era de ese tipo de viajes y situaciones de la que quería hablar, a la sombra de ese titular. Pensaba en el viaje al interior de un hospital madrileño y mi estancia en el mismo, planta séptima, a lo largo de cuatro noches. Yo tan solo estaba de acompañante y, es precisamente eso, lo que me permitió zambullirme en otro de los muchos meandros de la vida cotidiana por los que nos movemos.  En nuestro ambular diario, inmersos en las rutinas de los días y las noches, escapan de nuestras miradas, aspectos y dimensiones del día a día que, para otros, los profesionales de la salud y los gestores de esos macrocentros, son su cotidianidad más rabiosa e igualmente rutinaria, y, para los usuarios, enfermos y familias, una excepcionalidad inesperada y no deseada. Todo ello, para unos y otros, constituye el vivir de cada día.

En apenas cincuenta metros de pasillos, con sendas habitaciones a ambos lados, qué cantidad de vidas, situaciones, sensaciones e impresiones, transcurren, unas veces vertiginosamente y otras, de forma lenta , apesadumbrada e infinita. La noria de un devenir de incertidumbres y de horizontes que se abren desde lo más alto de la rueda. Por allí me encontré con gentes y escenas conmovedoras, sorprendentes y, también, no podía faltar en esa cotidianidad, con el hastío de ese otro rutinario marcado por las horas de su reloj laboral. Ahora ya fuera, contemplo a ese matrimonio, desesperado con su hija que, tras un brutal accidente de tráfico, ve truncada su vida e ilusiones. El padre, sentía pavor, al entrar en la habitación donde yacía su joven hija, dolorida y desfigurada. Prefiero que duerma y no despertarla, decía, pues se sentía incapaz de consolarla, acompañarla o de abrirle puertas a la esperanza. Otras veces, la madre, que apenas si se separaba de la “sala de espera” de la planta, en silencio o conversando con los familiares de otros enfermos o sus propios familiares que, a veces, la acompañaban, musitaba razones y sin razones de ese vivir que le sorprendió en una noche de verano. Pese a la tristeza sin límite que le acompañaba, su rostro reflejaba esa acunada ternura que se esforzaba transmitir a su hija en cada entrada y salida de su cuarto. Algunos días, conseguía convencer a su hija para salir de su habitación y darse un paseo por la galería. La joven se sentía avergonzada, viéndose su rostro desfigurado, con todos los huesos doloridos, y aún aturdida por ese revés inesperado de la vida. Se negaba a comer, no quería vivir, la muerte, era su deseo confeso. Y, en medio de ese torbellino, médicos y enfermeras, recriminaban a los padres, la negación de su hija a las prescripciones médicas para recobrar tu cuerpo, olvidándose de que su espíritu no había interiorizado la finitud en la que se encontraba. Ese desacompasamiento e incomprensión sumía a los padres en la desesperación. Al salir, del hospital, una luz se abría en la habitación 714, y una sonrisa florecía en los labios de una madre esperanzada.

Es tan solo una pequeña anécdota, uno de los muchos detalles que se nos escapan, de nuestra cotidianidad. Podría recordar también, aquella otra de la auxiliar de clínica, sonriente y dicharachera que, al saludarla, como otros días, me narraba su quehacer en la UVI, donde acaba de asistir al desenlace de una mujer de mediana edad que se resistió a su final durante un mes, mientras una adolescente a su lado, deseada poner el final a su vida. Hay que ver, me decía, una mujer luchando durante un mes, mientras una casi niña, queriéndose suicidarse. No lo puedo, entender, reafirmaba una y otra vez, al final de su jornada laboral.

Para terminar, recuerdo el viejo y renovado tópico, “solo cuando sentimos las carencias, valoramos lo que tenemos” y, es en estas situaciones también, donde nos encontramos con el ser un humano en su desnudez.

julio de 2010

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