Traemos este reportaje que aparece en la última publicación, de la Organización No Gubernamental y Asociación sin Ánimo de Lucro Teta&Teta. Como indican en su página web, «somos una marca sin ánimo de lucro pero con ánimo de desexualizar la teta y el ambiente y la mirada. Reivindicamos libertad femenina a través de la creatividad y el activismo.«. Tuvimos la oportunidad de contactar con ellas, con motivo de la campaña que realizaron para enviar libros dedicados a las mujeres presas en cárceles españolas. Yo envié varios ejemplares dedicados de mi primer Poemario «Peregrino de la Luna».
Soy consciente que este reportaje puede herir alguna sensibilidad por la temática, pero entendemos que tiene plena cabida y actualidad en esta página. Aunque a algunas personas les pueda resultar incomodo, su abordaje directo, sin desvirtuar la realidad y por el testimonio auténtico, desgarrado, sincero, también lleno de esperanza, merece ser conocido y divulgado. Desde aquí felicitamos a la organización por tu excepcional trabajo y empeño para mostrarnos esta cara de la realidad, que a veces se pretende ocultar.
Con muchas ganas de presentaros a una invitada demasiado especial, -señalan en la Carta que nos dirigen a las personas que seguimos su tarea– Una mujer inteligente y sabia y tierna y adorable y muy joven que, desde hace unos años y por un golpe de mala suerte (detrás de otro), es paciente de cáncer de mama metastásico. ¿Hace cuánto que no os hacen una revisión? Por favor, no bajéis la guardia. Pito pito gorgorito.
A pesar de todo el veneno que le han metido (y le meten) en el cuerpo para mantenerla viva, a pesar de la morfina, el fentanilo y demás química que a ratos logran amortiguar los dolores, mantiene la lucidez intacta. Esperamos que os enamoraréis de ella como nos enamoramos nosotras nada más conocerla. Si os sentís frágiles y preferís no profundizar en su enfermedad, no temáis, no va a tocar el tema. Con todas vosotras, Nuria Perea.
«Una llega a la vida sin instrucciones de nada. Y cuanto más se aleja de ser el centro del universo (de ser un hombre blanco, cis hetero y sano), más se va complicando eso de transitar, de sobrevivir.
Para darle sentido a las cosas malas que nos pasan decidimos, de mutuo acuerdo, convertirlas en aprendizajes, experiencias de vida, saber. Y hay días que pienso, sentada en mi mullido privilegio, que me he graduado con honores en la casposa Universidad de la vida.
La verdá es que no me hubiera importado nada ahorrarme según qué etapas de ese viaje del héroe del que todas participamos. Algunas cicatrices, sobre todo las de las tetas, la mayoría de las noches en vela y la flagelación, cero sexual y 100% dolorosa.
Es por eso que cuando María me propuso escribir para la newsletter de esta plataforma de aprendizaje y sororidad increíble que es teta & teta, pensé en cómo podía yo contribuir frente a tanta sabiduría y empatía. Sobre qué sé yo que no tienen por qué saber otras.
Pulsé algunas teclas de mi cerebro de virgo: pensé en ser lesbiana, una muesca profunda en mi identidad. Que más que significar que me enamoro, o más bien que estoy profundamente enamorada de persona(s) de mi mismo sexo, significa que formo parte de la otredad. Que no me conformo con este sistema anclado a las espaldas contracturadas de los que menos tienen y menos les dicen que son, que cada día se tambalea más, pero más nos empeñamos en mantener a pesar de que esté arrastrando al mundo a su destrucción. Sí, así de distópico y real.
Pero tampoco quería ponerme oscura de más. A fin de cuentas es posible que leáis esto en domingo, en el Día de la Madre, y estos dos puntos hay quien tiene que dejarlos en su mochila con una etiqueta de frágil para que un mal golpe no los convierta en un lío que ahora mismo no hace falta afrontar.
Seguí pensando en nosotras, las lesbianas, y me acordé de una anécdota preciosa. De una historia llena de épica. Pensé que podía escribir: “voy a contaros una historia de esperanza». Como si fuera yo Dorothy Allison y, en mis manos, el pasado fuera una herramienta para construir sueños nuevos, para acallar la ansiedad o simplemente para dejar descansar la mente por unos minutos. Y nos enfundaríamos en unos pantalones de campana y os pediría que os sacaseis las gafas por fuera del pelo a lo Gloria Steinem para ir juntas a los años 60-70, a los años dorados del activismo en USA donde ya, claro, reinaba el Gayarcado (del que, si os interesa, os pueden hablar mucho mejor que yo las increíbles Maldito Bollodrama con el empático director de cine y creador queer David Velduque en el podcast Sabor a Queer.
En lo que a nosotras se refiere, en ese momento era la letra G la que, para sorpresa de nadie, pretendía liderar el movimiento de los derechos del colectivo dejando muchas veces de lado los intereses de las letras T y L, que estaban atravesadas por la doble o triple interseccionalidad: ser mujeres o ser mujeres trans. En el caso de las lesbianas, ni siquiera nuestras hermanas feministas se preocupaban por nosotras, considerando que nuestra experiencia vital no era la misma que la de una mujer heterosexual, provocando así esciones.
Quizá os suene esto y lo que pasa hoy en día con las mujeres trans. Y justo, en el caso de estas últimas, el desprecio era la herramienta más usada por los homosexuales masculinos, blancos y cis para dejar claro que en nada tenían que ver con elles. Sirva este fragmento del conocido discurso de Sylvia Rivera (mujer trans, latina y activista por los derechos de todo el colectivo) para ejemplificar el vilipendio al que nuestras hermanas eran sometidas.

Los tiempos siguieron avanzando, creándose una mayor ruptura entre la G y todas las demás. Hasta que lo peor que podía pasar, pasó. Debido a diversas circunstancias, sobre todo de corte conservador, el VIH comenzó a hacer estragos entre la comunidad homosexual masculina. No sólo la enfermedad se comía su futuro, eran además objetivo de los feroces ataques de políticos, figuras públicas y la sociedad general que dejaba avanzar la enfermedad. Los enfermos eran abandonados a su suerte y estigmatizados. El “os lo merecéis” era la respuesta que recibían ante la necesidad de cuidados, a pesar de que la orientación sexual nunca, repito, nunca, ha sido un condicionante para el avance del virus.
En un determinado momento, y a pesar de la gran necesidad de la misma, los hombres gays y bisexuales sufrieron la prohibición de poder donar sangre. Esto, junto al pánico ante la enfermedad, dejó a la comunidad sola. Una pandemia que se llevó por delante a amantes y amigos. Sufriendo, a fin de cuentas, el abandono social de todas esas nuevas familias que ya habían padecido una primera expulsión de los lugares a los que naturalmente pertenecían.

En ese momento, las lesbianas fueron conscientes de que tenían que correr al rescate de quienes serían sus futuros hermanos. Formaron grupos como las Blood Sisters de San Diego, encargadas de las donaciones de sangre. Se crearon además círculos de cuidados, gracias a la herencia activista de las mujeres lesbianas feministas, quienes tenían presente la lucha social de una manera distinta a los gays, quienes se habían centrado en la liberación sexual. Dicho en otras palabras, las mujeres lesbianas y bisexuales olvidaron cualquier rencilla para cuidar, proteger y no permitir morir a miles y miles de gays. Pusieron por delante una identidad sexual compartida, la necesidad de la defensa política de la diversidad sexual y expresiones de género y activaron una de las características más humanas y relevantes del feminismo: la lucha interseccional, la defensa de las minorías más necesitadas.

A medida que el VIH se fue estabilizando, la unión se hizo más y más fuerte llegando a convertirse en el colectivo que tenemos a día de hoy. Y produciéndose un precioso homenaje en forma de acrónimo, los centros GLBT pasaron a convertirse en centros LGBT para no olvidar así nunca el sacrificio llevado a cabo por parte de la letra L en defensa, apoyo y conservación de la letrita G. Entendiendo que las vidas existen por delante de cualquier desacuerdo y ante toda teoría.
De nuevo, como diría Dorothy Allison. Dos o tres cosas que tengo claras y una de ellas es que la unidad de los iguales en la otredad es el único camino hacia una sociedad llena de amor, sororidad y diversidad. Esa es la sociedad que merecemos y necesitamos. Esta es la que les debemos a quienes sin voz ni foco confían en sus compañeras de acrónimo y realidad.

Me despido de vosotras esperando que este relato en el que no hay más que inspiración y admiración hacia diversas teti amigas mucho más valientes y generosas que yo, sea capaz de funcionar como un pequeño y suave toque en el hombro. Como una manera de redespertar algunas emociones dormidas. Antes de decir adiós, me permito pediros un favor. Recordad tocaros mucho y bien las tetas y enseñar a otras cómo se hace. Está muy bien crecer a base de experiencias pero la verdad es que de lo bueno también se aprende.
¡Nos leemos pronto!»
¿Impresionadas? Nosotras, también. Y muy agradecidas. Podéis conocer a Nuria (y a su querida e inseparable Bel) más fondo en su Instagram, ese ladrón de tiempo, felicidad y concentración. Hablando de robar, aprovechamos para recordaros que el 70,72% de los delitos de las mujeres es el hurto y para contaros que este jueves iremos a la prisión de Zaragoza a entregar 500 libros dedicados a las internas, A las olvidadas.
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